—Pues yo digo al revés: «Esos seis grandes hombres son la disipación de energía que de vez en cuando la Naturaleza se permite para que los pueblos y las razas vivan; esto es, para que tengan conciencia clara de que viven.» Y si no, suprime de un golpe la masa gris y neutra de la humanidad, esa que no tiene pretexto para vivir, como tú dices, y déjame solo los grandes hombres, seis o seis docenas, artistas y sabios. ¿Quieres decirme qué pretexto tienen en este caso el Arte y la Ciencia? ¿Quieres decirme qué pretexto tendría el manubrio de un organillo sin el escondido tinglado de martillejos, clavijas y cuerdas? Ya sabes que en los presidios ingleses tienen un linaje especial de tortura y dicen que es lo más horrible que se puede imaginar: consiste en meter un manubrio en un agujero de la pared y obligan al penado a que le dé vueltas, horas y más horas, y esto de hacer algo a sabiendas de que no se hace nada parece ser que vuelve locos o idiotas a los presidiarios. El Arte por el Arte, tal como tú lo entiendes, es una cosa semejante.
—No me convences.
En esto vinieron a sentarse delante de Teófilo y Alberto dos hombres: el uno rollizo, como de cuarenta y cinco años, muy jacarandoso, de ojos insinuantes y lánguidos y una sonrisa melosa y satisfecha; el otro, joven, recio y hermoso.
—¿Quién es ese pollo que ha entrado con don Bernabé Barajas? Me parece conocer la cara... —dijo Alberto.
Teófilo examinó a los recién llegados. Don Bernabé saludaba, agitando la mano, a Angelín, el hijo de don Sabas.
—No sé —repuso Teófilo—. Cualquier sinvergüencilla que don Bernabé haya pescado y estará en vías de hacerle actor.
Don Bernabé susurraba algo muy melifluo, a juzgar por la turgencia sonriente de sus mejillas, al oído del joven, el cual se inclinaba de aquella parte y medio se volvía por oír mejor. En este punto, Alberto le reconoció. Adelantose a tocarle en el hombro, con movimiento nacido de la sorpresa, y le llamó:
—¡Fernando!
—¡Don Alberto!... —respondió el joven, enrojeciendo de pronto.
Don Bernabé flexionó sobre la cintura y se escorzó hasta ver quién era el que así había aturdido a su joven amigo.