—Pss... No sé. Quizás arriba, a los cuartos, a saludar a las muchachas.

—Voy contigo.

Teófilo palideció un tanto, lo cual no pasó inadvertido para Alberto, quien añadió:

—O si no, mejor me quedo aquí abajo. Ahí veo a Monte, a Bobadilla, a Honduras... Voy a hablar con ellos.

III

Teófilo tomó el rumbo del escenario, procurando evitar encuentros con gente conocida; pero entrar en el pasillo y colgársele Angelón Ríos del brazo fue todo a un tiempo.

—¿Al cuarto de Rosina? Yo también voy allá —dijo a voces Angelón—. ¿Cómo va la cosa? ¿Bien? Me alegro.

—Si me dejara usted hablar. Lo que yo quiero decirle es que se equivoca de medio a medio al hacer hipótesis acerca de esa señorita en relación conmigo. —Teófilo se puso muy grave.

—¿Qué? ¿Que usted le hace el amor y ella no le hace caso aún? Bah, no se apure... Todo llega en este mundo. ¡Eh, tú, golfo! —gritó Angelón.

Apolinar Murillo se le acercó.