—Vaya un modo de escurrirse, que parece que no quieres que te vean.
—Usted perdone, don Ángel, es que no le había visto; por estas.
Angelón le agarró con la mano que tenía libre. Luego, picarescamente, continuó diciendo:
—No se te ve el pelo, niño. ¿Qué? ¿Y de aquello?
—¿De aquello?...
—¿Te vas a hacer el lila?
—Como no me diga usted más...
—Vaya, niño. De lo de Conchita.
Apolinar sonrió con maligna petulancia.
—Te comprendo. Cayó, ¿eh? ¿Y qué tal?