Apolinar hizo racimo de los dedos, se besó las yemas, sorbió el aire, puso en blanco los ojos y alentó con voz desvaída:
—¡Azúcar!
—Te creo. En fin, gracias.
—¿Gracias de qué?
—Parece que hoy estás con la bola desalquilada. ¿De qué? Pues, ¿de qué va a ser? De habernos abierto el camino a los demás; mira tú este. Yo no quiero cargos de conciencia. ¿Cuándo te vas?
—Anda, pues si estoy por quedarme... —y sonrió aviesamente.
—¿Eh? —inquirió Angelón muy alarmado.
—Era coba. En seguida me quedo yo. Pal gato.
—¿Y ella?
—Pues tan creída que va a haber tálamo nupcial con bendición del párroco.