—De manera que ¿no se ha olido que te vas?
—Anda mal de pituitaria.
—¿Y cuándo te vas?
—Mañana mismo.
—Bien, niño. Y te ibas a ir sin despedirte de mí...
—¿Quién le ha dicho a usté eso? Pues bueno fuera...
Llegaron a la puerta de la dirección, que estaba abierta. Dentro de la estancia oíanse grandes y desacompasadas voces, y entre ellas violentos golpes de risa. La vociferante era la condesa Beniamina, la poseedora del macaco brasileño. En su acostumbrada jerga bilingüe, pero con mayor frenesí que la vez primera, aullaba así:
—Aquestas non son fiori... Fiori... fiori. Questo e pura m... Son fiori de chimiterro. ¡Ma che! Yo non tiro tale fiori al público. Yo non mi sporco con aquestas fiori, e con aquestos sporcacioni que sois vosotros.
Cuando la dama, por ventura, se reparaba un minuto en el silencio para interrumpir con nuevas energías, oíase la carcajada de Travesedo.
—Ma tu, che sei piu grosso che un rinoceronte, tu frate motilone, no dices niente ¿Paro qué quieres el danaro? Il tuo danaro io me lo meto qui, qui —en este punto se oyó algo que pudo ser palmada o azote.