Angelón y Teófilo entraron en la dirección. Apolinar corrió al encuentro de Conchita, que a lo largo de angosto pasadizo, flanqueado de cuartos de artistas, venía por averiguar a qué obedeciese aquel alboroto. Otros danzantes asomaban la cabeza, a medio embadurnar, por las puertas, y hacían preguntas o aventuraban algún donaire en un lenguaje babilónico y bárbaro, amasijo de todos los idiomas conocidos. Luego, cubriéndose malamente con batines y kimonos, salían hacia la dirección, se amontonaban en abigarrados pelotones y chanceaban en fraternal greguería, como si la caterva de castas humanas, escindida por maldición divina en la torre de Babel, retornase a la amiganza y unidad primeras por medio del culto a la vida en su forma más rudimentaria y placentera, como es la exaltación de la energía física y amor del juego y de la danza.
Escuchaba Travesedo los denuestos de la Beniamina con irreprimible hilaridad, y don Jovino, las pupilas proyectadas sobre el cielo raso y en impasible quietud de fetiche, parecía no oírlos, porque los dioses, falsos o verdaderos, rara vez prestan oídos a los clamores de los mortales. El amigo de la dama del macaco, aun cuando sabía que los sucios dicterios de esta y sus truculentas palabrotas eran proferidos con ánimo sencillo y sin otro propósito que el de hacer reír, sentíase en extremo conturbado al ver los muchos curiosos que afluían. Por fortuna, cuando los mirones comenzaban a apiñarse en la puerta, la condesa Beniamina cerró su alocución con un epílogo, como de costumbre, osculatorio, y esta vez doble, que también el Obispo retirado hubo de recibir la gracia de un beso en sus orondos mofletes. Estaba la condesa Beniamina en un traje casi edénico, con una camisilla no muy larga y en extremo traslúcida y unas babuchas de cuero rojo; con todo, no era mucho lo que mostraba de la piel, que casi toda la llevaba encubierta bajo un enjambre de lunares postizos, infernalmente negros. Rompió por entre la gente que había en los pasillos, seguida del caballero bozal, con airoso vaivén de caderas, que resultaba de una comicidad aguda por la fase sumaria del indumento de la condesa. Los que por allí estaban celebraron su desenvoltura, requebrándola y jaleándola, y el clown Spechio, su compatriota, la obsequió bonitamente con una sonora palmada en lo más mollar y tentador de su persona, que no parecía sino que lo estaba pidiendo.
Entre aquel solícito concurso de diligentes abejas que habían abandonado su celdilla por libar en la flor de la curiosidad, había una jamona traviesa y riente, cuyo traje no era más complicado que el de la condesa. Estaba en mallas, y parecía un pollo pelado: tan considerable era su caparazón y abdomen y tan enjutas las zancas.
—Concho, ¿tú por aquí? —dijo Angelón al bípedo implume.
—Ya ves, cada vez subiendo. Rediós, esta es la vida.
El nombre de esta clueca pelada era Hortensia Íñigo. Había dicho cada vez subiendo con ironía, porque en su ya larga carrera artística había recorrido todos los géneros teatrales, bajando siempre. Había comenzado de segunda dama en una conocida compañía dramática, de donde había pasado a una compañía cómica, de aquí a una de zarzuela y, por último, había caído en el género ínfimo. Era conocida por su avilantez y desparpajo, y también porque de ella se murmuraba que había tenido siete abortos voluntarios. Su enemistad con Monte-Valdés era pública y proverbial, y databa, a lo que se decía, del estreno de una comedia de aquel, en la cual había un personaje que era una dama cortesana o entretenida, y como el director pretendiera encomendar el papel a Hortensia, Monte-Valdés se opuso, exclamando con grandes voces austeras que de todos fuesen oídas, que su personaje lo era mucho, pero nunca tanto como la Íñigo, y que no podía consentir que aquella mujer achabacanase la comedia. Ello es que cuando por acaso se encontraban Monte-Valdés y la Íñigo trabábanse a contender al punto, asaetándose con pullas y embozados vituperios y agravios; pero, como el ingenio y dicacidad del literato eran sobremanera despiertos y sutiles, la dama salía siempre malparada y corrida, por donde llegó a aborrecer a su antagonista y no veía la hora de vengarse, como quiera que fuese.
—¿Por qué no? —añadió Ríos—. Para mí, pasar del género chico a las variedades me parece un ascenso.
—También tienes razón. Allí, aunque no muy chinchorrero, porque se ha reducido a su mínima expresión, todavía conservan el emplasto de la hipocresía. Mientras que aquí, ¡pichú, Angelón, pichú! —y elevó en el aire una de sus entecas zancas—. Ven a mi cuarto y te daré una copa de anís del mono.
—No bebo.
—¿Qué importa? Ven y charlaremos un momento.