Angelón acompañó a Hortensia a su cuarto. Danzantes y titiriteros se habían acogido a sus madrigueras. Solo quedaban en el pasillo Conchita y Apolinar, cuchicheando en un extremo de él, y en el otro, a la puerta de la dirección, Teófilo, con una rosa en la mano y el corazón en la garganta. Encaminose el poeta hacia el cuarto de Rosina, y en estando cerca de la puerta llamó a Conchita.

—¿Qué se le ocurre a usté, don Teófilo?

—¿Hay mucha gente?

—Bastante gente; pero sobre todo flores... así.

—¿Quiénes están?

—¿Qué sé yo? Señoritos de la Peña, periodistas, el hijo de don Sabas.

—Pues no entro. Toma esta rosa, Conchita; la colocas con disimulo, y cuando esa gente se haya ido le dices que es mía. Yo vendré durante la segunda parte, ¿qué te parece?

—Muy bien. Pa entonces estará sola.

Aun cuando Teófilo estaba harto ebrio con sus propias emociones, no pudo por menos advertir algo raro y nuevo en Conchita. Era como si del pecho al rostro se le rebasase la alegría con superabundancia inquietante.

—De manera que ¿ese es tu novio? —preguntó Teófilo, señalando con los ojos a Apolinar.