—Sí, señor; ¿le gusta a usté?
—Sí.
—También a mí —y Conchita rio de manera excesiva.
—Hasta luego, Conchita.
—Hasta luego, señor Pajares.
Teófilo se apartó pensando: «pobre muchacha». Y se acordó de sus finos cabos, aquella vez que la había visto inclinándose a socorrer a Sesostris, y de sus piernas gentiles y nerviosas, cuando Angelón la traía a caballo sobre los lomos.
Teófilo descendió a los pasillos en donde el público se espaciaba en espera de la segunda parte. Lo primero con que se tropezó fue con un grupo de paseantes; en el centro el famoso torero Antonio Palacios, Toñito, y en torno de él sus admiradores y devotos, los cuales solicitaban con la mirada la envidia de los demás hombres y tenían pintado en la expresión del rostro esa petulancia servil e inocente del perro que conduce en la boca el bastón del dueño. Toñito tenía la cara aniñada y la sonrisa sin doblez de los hombres que han nacido con una vocación y han confiado siempre en su destino. Tanto como el arrojo y maestría en la lid con reses bravas, su sonrisa le había hecho célebre: sonrisa que conservaba en los lances más azarientos y ante los toros más temerosos y difíciles.
Teófilo pasó por delante del grupo del torero y su cohorte y fue a sumarse a otro, compuesto de gentes de pluma, profesionales y aficionados, entre los cuales se hallaba Alberto. Debatíanse asuntos de toros.
—No sé cómo no os da vergüenza perder el tiempo hablando de chulerías —habló Teófilo, agresivamente.
—Pero, hombre —replicó Honduras, un hombre deslabazado, rubicundo, rollizo y muy alto, noble por la cuna y novelista perverso por inclinación—, ¿no has dicho muchas veces en verso que adoras las manolas y todas las cosas goyescas?