—¿Qué tiene que ver? Y tú, ¿qué entiendes de eso? Te figuras que por haber escrito cuatro paparruchas imitadas de Lorrain y La Rochilde ya puedes mezclarte en cosas de arte... No, hijo, todavía no.
—¡Ay, no te sofoques! —replicó Honduras, riéndose y culebreando con la cintura, adamadamente. Luego, haciendo alarde de desenfado y cinismo, añadió en tono equívoco—: Si yo también me perezco por los manolos... La cuestión es que Alberto sostiene que Toñito es el primer torero del día, y yo replico que el torero que más emoción da es el Espartajo. Aquella palidez morena... y sobre todo la erección que tiene... al torear... Hay que verle armarse, cuando se echa la escopeta a la cara...
Algunos celebraron con risotadas las peregrinas razones de Honduras.
—¡Qué sinvergüenza eres! —concluyó Teófilo.
—Realmente —intervino Alberto—, Teófilo tiene razón. Va a ser cosa de dejar de hablar de toros y de ir a los toros, porque parece que de día en día el criterio de Honduras y su punto de vista va ganando más partidarios. Adiós, señores; voy a saludar a un amigo.
Y se apartó, saliendo al encuentro de Alfonso del Mármol, que paseaba solo con elegante pereza, las manos a la espalda, la cabeza erguida y un cigarro descomunal entre los dientes. Se estrecharon la mano con efusión.
—¿Cuándo ha venido usted?
—Ayer por la mañana llegué.
—¿Qué ocurre en Pilares?
—Nada de particular. Lo de siempre. Que hay quien le espera a usted minuto por minuto, y usted entretanto... De esta queda usted como un cochero. Ya sé que vive usted con Angelón. Trabajará usted mucho, ¿verdad?