—Alfonso del Mármol, moralista: es lo que me quedaba por ver. ¿Cuánto dinero ha perdido usted en las treinta y seis horas que lleva en Madrid?

—¿Cómo sabe usted?

—Pues es difícil de adivinar. ¿Ha venido usted una sola vez a Madrid que no fuera a dejarse la piel o a echar otra nueva?

—Pss... Pero, ¿cómo sabe usted que anoche me he dejado media pelleja? Pocas veces se me ha dado tan mal como ayer noche... ¡Qué barajas!

—¿Cuánto, en suma?

—¿A usted que le importa? —Mármol no se reía nunca como no fuera interiormente. Ahora, ciertas convulsiones arbitrarias del cigarro puro daban claras señales de que el fumador se reía entre pecho y espalda—. Setenta mil pesetas.

—¿De veras?

Mármol, siempre flemático e impasible, asintió con la cabeza.

Estaban cerca de un corrillo, formado por pintores y escritores, de los cuales los más conspicuos eran Monte-Valdés y Bobadilla, el autor dramático.

—Aquel es Bobadilla, ¿eh? —interrogó Mármol, apuntando con el cigarro descomunal al dramaturgo—. Lo digo por los retratos del Nuevo Mundo.