—No ha variado usted nada, salvo...
—Sí, salvo la pierna. Tampoco usted ha variado nada... Digo... Me acuerdo que era usted un terrible jugador, el de más agallas de cuantos he conocido.
—No ha variado nada —comentó Alberto.
—Y recuerdo también la trailla de cuarenta perros que usted tenía, y no sé cuántos caballos. Pues, ¿y aquella célebre contienda que usted mantuvo con Trelles, el guatemalteco? —Monte-Valdés volviose hacia los circunstantes a explicar la contienda—: Era un día plomizo y de cierzo. El señor y el otro contendiente estuvieron por espacio de doce horas dándose de puñadas. El campo de la lucha era lo más empinado de una loma que llaman de Santa Genoveva. Toda la Universidad, haciendo alrededor un gran círculo, presenciaba el desaforado combate.
Los presentes daban con los ojos muestras de asombro, si bien presumían que la fantasía de Monte-Valdés había colaborado con la historia y engrandecido el hecho. Mármol, con su acostumbrada rigidez, echaba humo por las narices y entornaba los párpados, como si nada de aquello fuese con él. Reanudose la charla, interrumpida con la llegada de Mármol y Guzmán. El tema era la política. Arsenio Bériz, el joven levantino, defendía con mucha vehemencia las más radicales ideas y procedimientos de gobierno. Monte-Valdés reprobaba los arrebatos del mozo, sacudiendo la cabeza y con ella las barbas, y enarcando las cejas. Él era jaimista.
—¿Y es cierto que van a celebrar ustedes un mitin mañana? —preguntó Monte-Valdés a Alberto.
—Sí, señor.
—Tejero, ¿hablará?
—El mitin es cosa de él.
—Gran talento tiene ese Tejero. Si el mitin es para condenar la putrefacción e idiotez del nuevo Gabinete, me parece muy bien. Señores, hay que ver ese don Sabas Sicilia, que no sé cómo no lo han colgado ya de una pata y cabeza abajo en un farol de la Puerta del Sol, por ladrón —Monte-Valdés agitaba los brazos, enardecido—. Ahora, si es para hacer propaganda republicana... Vamos, que no acierto a explicarme cómo están ustedes tan obcecados...