Bobadilla, el autor dramático, hombre mínimo de estatura y eminente de agudeza e ingenio, pulquérrimo en el vestir, y cuyo cráneo era un trasunto del de Mefistófeles, injerto en el de Shakespeare, se atusaba los alongados bigotes, muy atento a cuanto se decía; pero sin intervenir en el coloquio. Las manos de Bobadilla tenían extraña expresión: dijérase que en ellas radicaba el misterio de su arte. Eran unas manos pequeñuelas, cautas, meticulosas, elegantes, activas y, en cierto modo tristes, desde las cuales se dijera que colgaban, por medio de sutilísimos e invisibles hilos, gentiles marionetas, como si los dedos conocieran los incógnitos movimientos de la tragicomedia humana.
—Ya, ya —decía Bériz con abierta prosodia levantina—. Miren que el don Sabas ha de ser viejo.
—Pues aún pollea, aún pollea —glosó Bobadilla maliciosamente y con voz muy suave, sin dejar de atusarse el bigote. De todas sus palabras y obras lo característico era la finura y suavidad, cualidades estas tan regulares y acabadas en él que hacían presumir la existencia de un pesimismo disimulado y profundo, como esas puertas, con muelles escondidos, que nunca se cierran de golpe.
Sonaron los timbres llamando a la segunda parte. Guzmán, Bériz y Mármol fueron por un lado hacia el fondo del patio de butacas; el resto, por otro hacia los asientos de orquesta.
Apenas se habían sentado, cuando Pascualito Sicilia se acercó a Alberto y le habló de cosas indiferentes.
—¿Quién es aquel chimpancé de cría que está en aquel palco con la chimpancé matrona y el chimpancé paterfamilias? —preguntó Pascualito.
—Me parece conocer la cara; pero, no sé.
Mármol respondió:
—Aquel chimpancé de cría es Angelines Tomelloso, y tiene la friolera de dos millones de pesetas en cada pierna, si no tiene más.
—Sí, sí, ahora recuerdo. Es paisana nuestra —habló Alberto.