—¡Caracoles! —epilogaron a un tiempo mismo Bériz y Pascual Sicilia.
Cuando el hijo del ministro se hubo retirado, Mármol observó, en voz alta, pero como si hablase consigo mismo:
—Cuidado que está apetitosa Rosina; más guapa que nunca. Y pensar que ese viejo...
—Calla, pues no había caído en la cuenta —Guzmán se dio una palmada en la frente—. Pues si es usted quien la ha lanzado... En rigor, lo que ella ahora es a usted se lo debe. ¿Ha ido a visitarla?
—De su cuarto venía cuando nos encontramos.
—¿Y le ha recibido a usted bien?
—Es muy cariñosa. Se me figura...
—Qué, ¿quiere usted acotarla de nuevo?
—Yo no digo nada.
—Ella es todo lo fea que pueda ser una criatura humana, ché —acudió Bériz.