—¿Quién? —investigó Alberto.

—Esa señorita de Tomelloso. Parece un sapo; pero mira tú, ché, que es una tontería de millones.

Bériz no apartaba los ojos de la niña de Tomelloso, una jovencita como de dieciocho años, minúscula y un si es no es contrahecha, la piel amarillo-terroso, los ojos rojizos y blandos.

—Pero, ¿no me has dicho que tienes novia en tu pueblo?

—Sí; la hija de un abaniquero. Total mucho aire, ché. Pero aquí está la auténtica y dulce pasta mineral catalana, que es la chipén.

—Vete a tu pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo. Aún es hora para ti. Aquí terminarás por corromperte física, moral y artísticamente. Cuando te acuerdes, quizás sea tarde. Ya has saboreado una dedada de vicio e insensatez, y eso nunca está mal en la primera juventud, porque te dará el claroscuro de la vida. Tú eres un raro ejemplar de español que tiene sus cinco sentidos muy sagaces y despiertos. Cuida de no malograrte. Y si, como dices, amas el arte, huye de Madrid de prisa, vete a tu pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo.

—Buena homilía. Vaya, que el diablo harto de carne se mete a predicador —y Bériz se reía aturdidamente. De pronto se quedó pensativo, y murmuró como herido por súbito descubrimiento—: Puede que tengas razón. Ya hablaremos, ché.

IV

Así que los pasillos se descongestionaron de público y se oyó la orquesta preludiando la segunda parte del espectáculo, Teófilo, con agitado corazón y desmayadas piernas, se encaminó al cuarto de Rosina. Muy cerca de la entrada estaba Apolinar fumando un pitillo, apoyado en la pared. Teófilo repicó con los nudillos en la puerta. Salió a abrir Conchita:

—Es don Teófilo.