—Entra, criatura —gritó desde dentro Rosina. Y al ver aparecer al poeta—: ¡Ya me tenías intranquila! ¿Por qué no has venido antes?

—Por la gente —Teófilo iba a sentarse en un pequeño diván.

—Eso es; te sientas sin haberme dado un beso. Me parece muy bien.

—Perdona, nenita. No quería molestarte —se acercó a la mujer y le besó con ternura la frente.

—A eso llamas tú molestarme —Rosina hizo un mimoso mohín, que Teófilo lo sintió en los pulsos de las muñecas a modo de dulce desmayo y flojera, como si se estuviese desangrando mansamente.

La doncella concluía de peinar a Rosina, quien estaba sentada frente al espejo, arrebujada en un ropón de liviana seda color tabaco.

—Parece que estamos en los jardines de Haz el Primete y Abultadín, ¿verdad, don Teófilo? —habló Conchita, paseando los ojos a la redonda sobre los ramos y canastillas de flores que atestaban el pequeño aposento, y se echó a reír con aquella alegría copiosa y borboteante de que estaba saturada aquella noche más que nunca.

—Pero, ¿qué te ocurre hoy, niña? —preguntó Rosina con alguna severidad.

—¿A mí? Como no sea el debut, que me tiene fuera de quicio.

—¿Qué debut?