—A ver cuál va a ser... El de usté —el rostro de Conchita enrojeció.
—No te apures, criatura. Te puedes ir, si quieres, con tu Apolinar a ver la función, que yo ya no te necesito. Hoy será Teófilo mi doncella, él me ayudará a vestir. Digo... ¿qué te parece, Teófilo?
—Admirablemente —Teófilo sonreía con beatitud.
Conchita se echó una mantilla sobre la cabeza, tomó su escarcela de mano, de largos cordones, y se dirigió con mucha prisa hacia la puerta.
—Un minuto, Conchita, que esto no me lo puede arreglar Teófilo. Este chichí —y señalaba un dorado tirabuzón sobre la nuca.
Conchita, tal como estaba y sin abandonar el bolsillo de mano, fue a dar los últimos toques al peinado de Rosina.
—Ya está bien. ¡Jesús, qué golpe me has dado con el bolsillo! ¿Qué llevas dentro?
—Un duro en calderilla —y la doncella se evadió ágil y riente.
Rosina vino a sentarse en las piernas de Teófilo y se reclinó sobre él, procurando no estropear el tocado. Estaba un poco meditabunda.
—Ya ves, Teófilo, lo que va de mujer a mujer. Ya te he contado lo de Conchita, ¿eh?