—No, pero lo presumo.
—Ya va para ocho días. Pues nada, que una noche no apareció por casa. ¡Qué susto! Creímos que le había ocurrido alguna desgracia. Por fin, a la mañana siguiente, aquí me tienes a la niña llorando como una Magdalena. Pero, ¿qué? El llanto le duró dos minutos. En una palabra, que había pasado la noche con el novio. Habías de verla. Loca de felicidad. Aseguran que se van a casar, y yo lo creo, porque el chico, por lo que he visto las veces que fue por casa, parece un muchacho formal. Pero, a lo que iba. Dicen que la mujer ha nacido para eso, para ser mujer, y que no lo es ni se puede decir que viva hasta que no tiene algo que ver con un hombre, y que por eso en este caso todas las mujeres están tan tontas, contentas y orgullosas. Ya, ya... Por lo que toca a Conchita, así parece: está chiflada y llega a ponerme nerviosa. Pero habías de verme a mí cuando ocurrió lo mío... Creí morir, sí, Teófilo; quise matarme. Ya sabes: el padre de Rosa Fernanda.
—¿Quién fue?
—Ya te lo he dicho. ¡No me atormentes!
—No; nunca has querido decírmelo. Me has contado cosas inverosímiles.
—Pues es la verdad. Un hombre como caído del cielo. Quiero decir que apareció y desapareció como por encanto —comenzó a llorar, y entre lágrimas suspiraba—. ¡Quizás aquello haya sido lo mejor!
—¿Qué, qué es aquello? —interrogó Teófilo, asiéndola afanosamente.
—Aquello... —bisbiseó con turbiedad en la mirada—. Aquello, ¿qué ha de ser, sino que desapareció para siempre?
—Rosa, yo no puedo más, no puedo más. Esto no puede seguir así —dijo Teófilo con ardimiento.
—No te comprendo.