—Ni yo me comprendo a mí mismo. He hablado sin saber lo que decía. No sé lo que pienso, lo que quiero, lo que digo, lo que hago. ¿No ves que te adoro?
—Y yo, ¿no te adoro también?
—No sé.
—¿No sabes?
—Yo no sé nada, Rosina —y le mordisqueó la boca.
—No seas loco, que tengo que salir a escena —se puso en pie—. Ahora me vas a ayudar a vestir, ¿quieres?
—Sí, nenita, cromo bonito —y estos loores alfeñicados adquirían ridícula estridencia en su boca.
Rosina se despojó del ropón, y quedó en pantalones. Teófilo se precipitó a besarle el busto, de carne aurialba, como si estuviera embebida en luz mate.
—¡No, no y no! —Rosina pataleaba con gracioso enfado—. Sea usted formal. Buena me pondrían las amigas si supieran que permito tales confianzas a mi doncella...
Teófilo se creyó obligado a reír el donaire, y todo lo que hizo fue componer una mueca lóbrega y desolada.