—¿Te gustan estas medias? Son de la casa Gastineau —y se inclinaba a mirarse las piernas, embutidas en unas medias de un rojo opaco.

Teófilo se embebeció contemplando las piernas de su amada, pulidas, de dulce carne acompañadas, perezosas, y de una pura línea curva que el músculo no torcía bruscamente ni quebraba: piernas más hechas para yacer y destacar sobre sedas oscuras que para caminar escondidas entre ropajes. Teófilo se arrodilló a besar las piernas de Rosina.

—Vas a conseguir enfadarme, Teófilo.

—No es mi culpa, ¡si eres tan linda!

—Calla, ¿no oyes?

Se detuvieron un punto con el oído en tensión. Desde el escenario subían los ecos de aclamaciones furiosas, luego las últimas adormecidas olas de la música lejana.

—Un garrotín —dijo Rosina—. Hijo, menudo éxito. ¿Quién será?

—Quizás la Íñigo.

—No; esa va en la última parte, con la princesa y conmigo. Somos los números de fuerza. De modo que este es un éxito con que no se contaba.

—Mayor será el tuyo.