—Pss. ¿Creerás que no me importa?
Rosina descolgó el vestido con que había de salir a escena y se lo metió por la cabeza.
—Abróchame, Teófilo.
En concluyendo de abrocharla Teófilo, Rosina levantó los brazos y giró delante del espejo, examinándose. Era el vestido largo, de sociedad: una túnica-camisa estrecha, hendida por los costados, de muselina de seda gris, puesta sobre un fondo rojo cereza y sostenida por un cinturón de acero en la base de los senos.
—Quiero romper con esa moda ridícula de las cupletistas españolas, tomada de las francesas. Los trajes cortos ya apestan, chico. ¿Te gusta este? Y esta rosa preciosa que me has regalado y yo beso, aquí —se la colocó en el pecho.
Por toda respuesta, Teófilo estrechó a Rosina entre sus brazos. Llegaban de la escena el runrún y estruendo de nuevas aclamaciones y aplausos; pero no las oyeron esta vez Teófilo ni Rosina, que se habían abandonado a un desvanecimiento de ternura. Cuando recuperó en parte sus fuerzas, la mujer, con húmedos ojos y voz blanda, habló:
—Teófilo, mi dueño, no sé lo que hoy me pasa. Nunca he vivido en paz, mi querido; pero nunca he sentido que no vivo en paz tan desconsoladamente como hoy.
—Serénate, Rosina, nena mía. Acaso estás nerviosa.
—¿Por salir a escena, quieres decir?
—Sin duda.