—¿Qué le ha parecido a usted el éxito? —preguntó Angelón a Teófilo.
—¿Cuál?
—¿No ha estado usted en la sala? —interrogó Verónica.
—No.
El rostro de Verónica se entristeció. El cortejo triunfal siguió escalera arriba y el poeta descendió al pasillo. Iba aturdido por el entusiasmo que las últimas palabras de Rosina le habían infundido. Nunca había sentido dentro de sí tan confiado ímpetu para embestir el futuro. Mas, de repente, acordose de que Rosina no le había invitado a pasar la noche en su compañía, y el ímpetu se trocó al instante en desmadejamiento cordial y amargura. Echó a andar por los pasillos, ajenado del mundo externo, hasta que Alberto le detuvo, agarrándole de un brazo. Numerosa reunión de artistas y escritores comentaban en el tono más alto de fervor las danzas de Verónica. Monte-Valdés señalábase particularmente por la elocuencia de su panegírico. Para Monte-Valdés no existía sino un sentido estético, el de la vista. De sí mismo acostumbraba decir: «No tengo oído; la música de ese teutón que llaman Wagner me parece una broma pesada. Sin embargo, me envanezco de sentir la emoción de la armonía, el acento y el ritmo mejor que los músicos profesionales, y he llegado a ello a través de la pintura. No conozco sentencia más aguda y veraz que aquella de Simónides, el Voltaire griego, en la cual se declara: La pintura es poesía muda; la poesía es pintura elocuente. Y decir poesía y armonía es una cosa misma.» Y así era en verdad. Gran prosista y poeta, había conseguido maravillosas sonoridades en el párrafo y la estrofa ensamblando los vocablos según su color. Quijote no solo en la traza corporal, sino también en el espíritu de su arte, manipulaba el lenguaje descubriendo haces de palabras como ejércitos de señores magníficamente arreados allí donde los demás no veían otra cosa que rebaños de borregos iguales, a medias desvanecidos detrás de una polvareda: porque para él cada palabra tenía su corazón, su abolengo pragmático y su armorial.
—La danza —decía ahora Monte-Valdés—, es pintura, poesía y música mezcladas estrechamente, personificadas y dotadas no de existencia ideal, como ocurre en las manifestaciones singulares de cada una de ellas, sino de vida orgánica. La danza es el arte primario y maternal por excelencia.
—Sí —asintió Alberto—. Cuando el hombre no ha alcanzado aún para sus emociones el alto don de la expresión consciente, las traduce en la danza; mejor dicho, se entrega a la danza, como si estuviera poseído por un ser invisible. Por eso la danza es un arte eminentemente místico y español. El misticismo es el baile de San Vito del espíritu. La danza es el misticismo de la carne.
—Que la danza sea un arte religioso me parece cierto. Que España sea la tierra del misticismo y de la danza, también; pero...
—No hay sino parar atención en el número de palabras que existen en nuestro idioma para expresar el arrobo, éxtasis, transporte, embebecimiento y cien otros estados místicos, y la muchedumbre de bailes que hemos inventado: fandango, garrotín, bolero, cachucha, zapateado, vito, olé, panaderos, qué se yo.
—Sí —corroboró don Alberto Monte-Valdés—, en esas dos formas de actividad nuestra experiencia nacional ha enriquecido el léxico de manera asombrosa. Pero hemos inventado mayor número aún de vocablos para designar otro acto que si no es precisamente místico, pudiera tener alguna concomitancia con ciertas formas de misticismo.