—¿Cuál? —preguntó Alcázar, un pintor andaluz elegante, cenceño, oliváceo, de pergeño algo árabe y algo florentino.
—La turca, la mona, la mica, la talanquera, la cogorza, etc., etc. Vayan recordando los infinitos nombres con que hemos bautizado la embriaguez. Pero a lo que iba, amigo Guzmán, es que no me parece exacto lo de que el alto don de la expresión consciente, como usted ha dicho o dado a entender, sea la característica del arte más alto y puro. Creo, por el contrario, que el arte no es sino emoción, y por lo tanto, que su expresión tiene mucho de instintiva y espontánea; de manera que la mucha luz consciente en ocasiones estorba a la forma artística y anula su plasticidad y relieve. En rigor me parece que no hay belleza sino en el recuerdo, y aquilatamos si una obra de arte es buena o no lo es según se nos presenta inmediatamente como un vago recuerdo personal, y en este caso es buena obra de arte, o como noticia, todo lo veraz que se quiera, de una cosa que no conocíamos, y entonces, para mí, se trata de una obra despreciable. Las buenas obras de arte se nos infunden de tal suerte en el espíritu, que al punto las asimilamos y las sentimos como un recuerdo que no logramos emplazar en el tiempo, algo así como las historias y palabras que hemos oído durante una convalecencia. Los versos de Garcilaso tienen siempre una emoción de recuerdo. Los de Góngora, nunca. En puridad, no existe belleza sino en lo efímero, porque lo efímero se transforma al instante en recuerdo y de esta suerte se hace permanente. Por eso la danza, que es el arte más efímero, quizás sea el arte más bello.
—Según eso —atajó Bériz—, será más bella una quintilla de Camprodón, escrita en un papel de fumar, que un terceto del Dante, miniado en un pergamino.
Monte-Valdés, con fiero desdén, como si el mozo levantino no existiera sobre el haz de la tierra, volviose a preguntar a Alberto:
—¿Qué dice usted?
—Que me parece bien lo que usted dice, en sustancia, y también que es perfectamente compatible con lo que yo había dicho, o, por mejor decir, con lo que yo pienso.
—En suma —intervino Teófilo, que tenía estragado el pecho por la amargura y sentía necesidad de desahogarse de algún modo—, quedamos en que España es el país de la danza, y que la historia de España es toda ella una danza del vientre... vacío.
—Ché, y eso que, como reza el refrán, de la panza sale la danza.
Monte-Valdés contempló a los interruptores con largueza compasiva, como a gente que no comprende, y agregó:
—Hay, en efecto, en los instintos del pueblo bajo español un no sé qué de divino y danzante, un no sé qué de claro instinto de la medida y la gracia. Y digo divino al mismo tiempo que danzante, porque ya los griegos añadían al nombre de sus dioses el apelativo danzante o saltante. Plinio el joven, Petronio, Apiano, Estrabón, Marcial y Juvenal cantaron el elogio de las célebres bailarinas gaditanas. Y un canónigo del siglo XVII, llamado Salazar, asegura que las danzas andaluzas que en su tiempo se bailaban eran las mismas de la antigüedad —Monte-Valdés gustaba mucho de aderezar la conversación con citas pintorescas, de las cuales tenía un bien surtido arsenal.