—Y esta chica, Verónica, ¿qué le parece a usted?

—Simplemente maravillosa; lo dúctil del cuerpo, lo estilizado y gentil de brazos, manos y dedos, y su cara, qué sugestiva y cambiante, qué profunda la angustia que a veces revelaba, qué matinal el alborozo otras veces, qué exquisita la euritmia plástica siempre. Dentro de ella se adivina un ímpetu caudal de fuerzas superabundantes. Como ha dicho Platón: «el hombre ha recibido de los dioses, junto con el sentimiento del placer y del dolor, el del ritmo y la armonía». Si esa muchacha da con un guía o maestro de sensibilidad artística llegará a ser una bailarina famosa.

—¿Quiere usted conocerla?

—Con mucho gusto.

Subieron todos a felicitar a Verónica, a excepción de Teófilo, que permaneció a solas y cabizbajo, paseando a lo largo de los pasillos.

VI

Verónica se sobrecogió al ver entrar por la puerta de su cuarto aquel torrente de hombres desconocidos; pero la presencia de Alberto le dio ánimos. A las alabanzas y encomios respondía riéndose sin tasa, con su transparente risa muchachil, y andaba de un sitio a otro sin pararse un punto, desasosegada de los nervios.

—Pues na, señores; que he pasao un canguelo que ya, ya... Ha sido una tontería de este chalado —señalando a Alberto—, que se empeñó en que había de bailar. Luego, me pesó tanto haber dicho que sí. Pero si lo gracioso es que no sé bailar: bailo lo que buenamente me sale.

Alcázar y Alba, entrambos afamados pintores, solicitaron hacerle sendos retratos al óleo.

—Retratos míos... ¿y en color? Quiten allá... Si parezco una aceitunilla. Pero si ustedes se empeñan... El que pinta como las rosas es este, es muy habilidoso —por Guzmán.