Travesedo se asomó a la puerta y llamó a Alberto.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Guzmán, ya en el pasillo.

—Que tengo miedo que se nos agüe la fiesta. Y cuidado que va saliendo bien todo. ¿Has visto qué éxito el de esa neña? Ahora, con que se monte en las nubes y quiera subir el contrato...

—No creo.

—Por esta vez, y es la primera, me va a salir bien un negocio. No te figures que ganaré gran cosa. Jovino me paga cincuenta duros al mes; luego, el veinticinco por ciento de las utilidades. A esto renuncio de buena gana, y me conformo con que lo comido vaya por lo servido. La cuestión es que los cincuenta duros tiren hasta la próxima primavera. Pero, ese Jovino... En mi vida he visto hombre como él. ¿Crees tú que se le importa un pitoche el negocio del circo? Ni esto. Solo piensa en jugarse el dinero en casinos y chirlatas. Pero yo quería hablarte del conflicto. Ya sabes que la Íñigo y Monte-Valdés no se pueden ver. Es una mujer escandalosa de veras y no de boquilla, como la pobre italiana, y le tiene al cojo unas ganas... Pues nada, que se ha enterado de que está aquí en los cuartos, y Angelón, que ha estado hablando con ella, ha venido a decirme que lo va a esperar y tirarle de las barbas, y qué sé yo. Figúrate.

—No hagas caso. No hará nada porque le tiene mucho miedo.

—¿Esa, miedo?

—Sí, hombre.

—No me tranquilizas.

—¿Y qué quieres que yo haga?