—Que con cualquier pretexto te lo lleves abajo.
—Ni que fuera un niño.
—Por Dios te lo pido. Mira que si se me tuerce el espectáculo ahora, en la tercera parte, que es la de sensación... Hay una ansiedad enorme por ver a Rosina; me lo ha dicho Mármol; por cierto que ha venido de Pilares, ¿lo sabías?
—Sí, ya lo he visto.
—El ministro ha comprado media entrada general y le van a hacer una ovación a Rosina... Después la princesa Tamará. Creo que se presenta casi en pelota... Si salimos hoy con bien se asegura la temporada. Por lo que más quieras, llévate a Monte-Valdés abajo.
—Haré lo que pueda.
Cuando Alberto entró de nuevo en el cuarto de Verónica, Monte-Valdés peroraba elocuentemente acerca del baile, y la bailarina le oía embelesada. La elocuencia del literato era tan prieta y fluente, que Alberto no encontraba coyuntura por donde meterse a cortarla y luego precipitar la despedida.
Sonaron los timbres para la tercera parte. Monte-Valdés continuaba perorando, y el resto de la reunión seguía con interés su amena charla. Después de pasado un tiempo, y cuando se oían los ecos de la orquesta, Alberto consideró que no había peligro ya y se levantó.
—Señores, hace un momento que ha comenzado la tercera parte. ¿Les parece que nos vayamos?
—¿Es posible? Yo no he oído los timbres. Pues sí, la orquesta está tocando. Vámonos. Dicen que esa Antígona es una mujer hermosísima.