Se levantaron todos.
—¿Se marcha usté ya? —dijo Verónica a Monte-Valdés—. A mí que me gusta tanto oírle... Deje usté que se vayan estos señores y quédese usté conmigo.
—Mujer, no seas egoísta —amonestó Alberto.
—O si no —Verónica comenzó a dar saltitos—, si a estos señores no les parece mal, puede usté venir conmigo al escenario y sigue usté hablando, y al mismo tiempo entre bastidores lo ve usté todo.
—Eso es imposible, Verónica —atajó Alberto.
—¿Por qué? Tú también te vienes con nosotros. Si es muy divertido estar entre bastidores. A estos señores no les digo nada porque no sé si consentirán tanta gente.
Verónica condujo a Monte-Valdés y Alberto a la segunda caja del escenario, precisamente donde estaba la Íñigo aguardando la salida de un momento a otro. Monte-Valdés, con ampuloso desdén, fingió ignorar la presencia de su enemiga, la cual comenzó a agitarse nerviosa, a lanzar miradas aviesas al escritor y a sonreírse malignamente. Alberto estaba tranquilo, porque en sitio y ocasión tales no era verosímil una conflagración. Llegole a la Íñigo el turno para salir a escena. La música atacó un pasacalle jacarandoso. La cupletista, que lucía capa y montera de torero, encendió un pitillo, se ciñó la capa a las caderas y al vientre, sobradamente abultado, e hizo un breve, obsceno y raudo cadereo, como tanteando sus facultades; propedéutica o introducción del arte coreográfico, semejante al del cantador que carraspea y se escamonda el gañote antes de salir por peteneras. La Íñigo dio dos pasos hacia la escena, y ya en el borde de los bastidores, escorzó el torso en actitud desgarrada y hostil, miró de través y de arriba abajo al escritor, vomitole en el rostro un agravio indecoroso y huyó a presentarse ante el público, moviendo desordenadamente el trasero, según andaba. Monte-Valdés, con perfecta naturalidad, salió también a escena en pos de la Íñigo, y cuando la tuvo cerca, sustentándose sobre la pierna de palo por un milagro de equilibrio, le aplicó con la pierna íntegra tan desaforado puntapié en las asentaderas que la mujer dio de bruces sobre las tablas. Hubo unos minutos de estupor general y de silencio hondo. A seguida estalló el escándalo con caracteres pavorosos, y la confusión de baladros, bramidos, pataleos, imprecaciones, carcajadas, ir y venir y correr de gente amenazaba dar al traste con el circo. Por encima del estruendo general nadaba la exasperada voz de Monte-Valdés.
—¡Como yo tengo tanto pudor para las broncas!...
Calmose la marejada antes de lo que fuera de esperar, y el público, muy regocijado después de aquel número fuera de programa, exigía ahora la continuación del espectáculo. Por fortuna, la princesa Tamará estaba dispuesta y en su punto, y salió a bailar unas danzas orientales, después que un criado anunció al respetable que a la señorita Íñigo le era imposible continuar su trabajo por haberle acometido inopinadamente una ligera indisposición.
La indisposición consistía en un turbulento patatús. Entre seis hombres la habían llevado pataleando y echando espuma por la boca al cuarto de la dirección.