Algunos amigos de Monte-Valdés y algunos que no lo eran, entre ellos el comisario de policía, habían acudido al escenario. De los primeros en subir fue don Bernabé Barajas, acompañado de su agraciado amigo, al cual no perdía de vista un momento, por temor a que se le extraviase. Iba don Bernabé de aquí acullá, escudriñando los orígenes del conflicto con femenina curiosidad, por ver en qué paraba el jaleo, cuando en una de estas echó de menos al joven amigo, y entonces, perdiendo todo interés por el resto de las cosas humanas, se consagró a recuperar a su compañero.
—¿Han visto ustedes a Fernandito? —inquiría por todas partes con desolado lamento.
Pero nadie le hacía caso. Fernando había subido las escaleras que conducen a los cuartos de las artistas y husmeaba en busca de alguna mujer bonita a quien requebrar. A la puerta de la dirección había un remolino de curiosos; el resto del pasillo estaba solitario. Veíase una puertecilla abierta y sobre el cuadrado de luz destacaba, al sesgo, gallarda figura de mujer.
Era Rosina, que aguardaba a Conchita con nuevas de lo sucedido.
Fernando se acercó a la mujer con disimulo y como si pasease, por verla más de cerca. «Debe de ser una gachí de órdago», pensaba, e iba aproximándose al desgaire. No podía distinguirle bien el rostro, porque estaba entre dos luces encontradas, pero observó con sorpresa que se llevaba entrambas manos al corazón, que se reclinaba en uno de los quicios, que se enderezaba nuevamente, y oyó que decía con voz desfalleciente:
—¡Fernando!
Fernando salvó de un salto los tres metros que le separaban de la mujer, la cual, en teniéndole cerca de sí, le tomó de la mano y le hizo entrar en la estancia, entornando después la puerta.
—¡Fernando! —suspiró de nuevo la mujer. Estaba mortalmente pálida—. ¿No me conoces ya?
El mozo se había contagiado de la palidez y emoción de su incógnita compañera. Sentía la angustia dolorosa de un recuerdo, del cual estaba por entero saturado y con cuya expresión no acertaba. Era como si le estuvieran revolviendo las entrañas y arrancando aquello que estaba más hondo y lejano para ponerlo en la superficie y a la luz. De pronto abrazó a la mujer con varonil reciedumbre y rugió más que dijo:
—¡Rosina!