Rosina, estrujada sobre el poderoso tórax de Fernando y sin poder respirar, en parte por la presión del hombre y en parte por el arrebato confuso que le atormentaba el pecho, elevando los ojos, como si con ellos bebiese los de él, alentó con delgado soplo y acento entre tierno y orgulloso:

—Tenemos una hija: Rosa Fernanda.

De pronto sacudiose por desasirse de Fernando y dijo atropelladamente:

—¿Cuándo nos vemos? Hay que arreglarlo todo en seguida. Ya no te separas de mí. Vete inmediatamente a la esquina de la calle del Barquillo y Alcalá. Pasaré yo en dos minutos y te meterás en mi coche. En seguida, en seguida. Vete ya, que alguien llega.

Besáronse y Fernando partió. Rosina no tuvo fuerzas para sustentarse en pie y cayó desmadejada sobre el pequeño diván. Conchita se alarmó al entrar.

—¿Qué le ocurre a usté?

—Nada, Conchita. Dame el abrigo. Me siento muy mal y voy a casa.

—¿Y el debut?

—¿No te digo que estoy muy mal? Acompáñame hasta el coche, nada más que hasta el coche; después ya no te necesito. Puedes pasar la noche con Apolinar, si quieres. Dile a Travesedo que me he puesto muy mala, muy mala y que no puedo cantar.

A favor del desorden y aturdimiento que aún duraban, a consecuencia del incidente movido por Monte-Valdés, Rosina y su doncella pudieron salir del teatro sin que nadie parase mientes en ello. Conchita iba pensando: «Nuevo lío. Y ahora es gordo. ¡Qué asco de vida esta! ¡Dios nos ampare, Dios nos ampare! ¡Virgen de la Paloma!» Le entró un arrechucho de ternura, y antes de que Rosina subiera al coche, se abalanzó a besarla, llorando.