—Si supieras, Conchita... Ea, adiós.

—Adiós, señorita, adiós, adiós, adiós.

Conchita volvió a la dirección, en donde la Íñigo, rodeada de gentes solícitas que le daban masajes precordiales en el desnudo seno, comenzaba a recobrar el sentido. Travesedo y Alberto observaban la operación. Conchita refirió a Travesedo lo que ocurría. Alberto vio que el rostro de Travesedo, ebúrneo y linfático de ordinario, se congestionaba y que sus ojos se inyectaron de sangre.

—¿Qué te ocurre? —preguntó solícito.

—Nada, Bertuco; una friolera. Que Rosina se ha ido a su casa, muy enferma de un mal que le dio de repente. Y ahora, ¿quién se lo dice al público, después del escandalazo de Monte-Valdés? ¿No te lo decía yo? Mi sino es más negro que mis barbas —y se las mesó con ensañamiento.

La omisión del número Antígona acarreó tan airada protesta que la policía hubo de intervenir y obligar a la Empresa a devolver el importe de los billetes, con lo cual la desesperación de Travesedo llegó a términos que anduvo a punto de pelarse las barbas, y si no lo consiguió fue porque las tenía tan arraigadas como su mala suerte.

Y aún faltaba el rabo por desollar. Y fue, que cuando Travesedo subía a la dirección, curvado bajo la pesadumbre de su infortunio, descendía la condesa Beniamina, somera pero lindamente ataviada con un casaquín, no más abajo de medio muslo ni más arriba de medio seno; aquellas flores funerarias que tanto enojo le habían producido, cogidas en un brazado; el mico sobre un hombro y una sonrisa seráfica en los labios. Su número debía ser el último; número de gran espectáculo. Consistía en un globo luminoso en cuya barquilla iba la condesa cantando y arrojando flores y que a través de los ámbitos del teatro, apagadas las luces, avanzaba y hacía extrañas evoluciones por medio de ingenioso artificio.

—¿Adónde vas? —inquirió Travesedo ásperamente.

—¿Adónde? Al palco escénico.

—Pues mejor te vas a otra parte —Travesedo añadió una frase poco gentil.