—¿Cosa?

—Lo que has oído. Que se terminó la función.

—¿Y el pallone?

—¿El pallone? —esta vez su frase fue menos gentil aún.

Cuando después de media hora Travesedo salía del malhadado circo, su lóbrego sino se había complicado con otro sino sangriento, porque desde la raíz de las barbas hasta muy cerca de los ojos le labraba las mejillas una red de purpurinos arañazos, obra de la inofensiva condesa; aquella que, al decir del propio Travesedo, era escandalosa solo de boquilla.

VII

Así que Fernando llegó a la esquina de las calles de Alcalá y Barquillo, un coche se detuvo junto a la acera. Abriose la puertecilla. El mozo entró en el carruaje. Rosina dio las señas de su casa. El cochero guió a través de la calle de Alcalá, luego a lo largo de la del Turco, hasta la del Prado. Rosina y Fernando no se habían dicho aún una palabra. La mujer, asomándose por una ventanilla, gritó al cochero: «A la Castellana.» Subió el vidrio y se dejó caer sobre el hombro de Fernando.

—Me siento mal.

Fernando la acariciaba con lento manoseo y no sabía qué decir.

—Ya no soy nada para ti —murmuró muy arisca, irguiéndose—. Mejor dicho, nunca he sido nada para ti. La mujer de una noche: una de tantas. ¿Con cuántas has hecho lo que conmigo, yendo de pueblo en pueblo? Si hasta me asombra que te acordases del santo de mi nombre. Lo mejor es que hagamos por no volver a vernos. Bájate del coche y adiós —su voz era árida y conminatoria.