Fernando la agarró con bárbara violencia, la levantó en vilo y la sentó de golpe sobre sus piernas.

—Cállate y no digas estupideces —masculló, triturándola casi, de lo cual recibía la mujer una alegría dolorosa.

Rosina apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de Fernando y le adhirió determinadamente los labios en la coyuntura del cuello y la mandíbula, como si quisiera succionarle la sangre. Sentía en sus encías el recio batido de la yugular y le embestía un ansia furiosa de morder.

Después de largo silencio, Rosina bisbiseó:

—Vamos a mi casa.

—No puede ser.

—¿No puede ser? ¿No puede ser? ¿Has dicho que no puede ser?

—No puede ser.

Rosina intentó desgajarse de Fernando. Fernando la retuvo, apresándola con brutal ahinco.

—Suéltame, suéltame o te escupo. ¿No ves que me das asco?