Fernando la dejó en libertad. Rosina fue a sentarse en el asiento. La luz de un farol público, entrándose por la ventanilla con movimiento de guadaña, segó por un instante las sombras del coche. Rosina pudo ver que Fernando tenía la cabeza caída sobre el pecho.

—Tienes una querida. ¡Niégalo! Una querida rica que te sostiene. ¡Niégalo! Eres un chulo, eso, un chulo. No hay más que verte. ¡Niégalo!... ¿Vamos a casa?

—No puede ser.

—Claro. Si la otra lo sabe, adiós pitanza, y trajes de señorito, y la vida holgona. ¡Ten al menos el valor de confesar! ¿Tienes una querida?

Fernando no respondió.

—Di sí o no.

—No.

—¿No?

—No.

—Pues vamos a casa.