—No puede ser.
—¡Qué canalla! ¡Qué bandido! ¡Qué embustero!... Y qué cobarde, que lo oyes todo sin rechistar. ¿Cómo era posible que a la vuelta de unos años te encontrase hecho un señorito, si no es a fuerza de las indecencias que habrás cometido?
—¿Y cómo te encuentro yo?
Rosina, con voz estrangulada por la ira, bramó:
—Pero, ¿te atreves?...
—¡Perdón! —y su acento estaba empañado—. ¡Tenme lástima!
Rosina no pudo oír la última frase de Fernando. Se había llevado las manos al pecho, y al tropezar con la rosa de Teófilo, ajada y media deshecha por otro hombre, sintió su conciencia traspasada de remordimiento. Vio que la conducta de Fernando para con ella era la misma de ella para con Teófilo. Teófilo la quería para sí, por entero; pero ella no se atrevía a renunciar a los beneficios que de don Sabas recibía. Fernando tampoco se resolvía a despreciar las dádivas de aquella desconocida amante. Rosina era supersticiosa. Pensó: «Castigo de Dios. Me lo he merecido. El que a hierro mata, a hierro muere.» Y la imagen de Teófilo se agigantó en su recuerdo.
Rosina oprimió el llamador del coche. El cochero detuvo los caballos.
—Haz el favor de bajar.
—¿Me echas?