—Haz el favor de bajar.
—Has sido como un sueño. Para mí siempre has sido un sueño... —se detuvo, esperando que Rosina dijera nuevamente: «Vamos a casa.» Pero Rosina permaneció en silencio—. Mi corazón —habló a tiempo que echaba pie al estribo— ha estado siempre lleno de sueños. Un sueño, la primera vez que te vi. La segunda vez, una pesadilla —y cerró de golpe la portezuela, como si quisiera despertarse a la realidad.
Y entonces fue Rosina la que se quedó como soñando. Poco después abrió la ventanilla, asomó por ella todo el torso, y gritó, como loca:
—¡Fernando! ¡Fernando!
—¿Adónde vamos, señorita? —preguntó el cochero.
—A casa.
Rosina se retrepó en el respaldar del asiento y murmuró en voz baja: «Pero, ¿no estoy de veras soñando?»
VIII
Salieron juntos del circo Angelón, Teófilo y Alberto, con Verónica. Alberto le tenía ya dicho a Angelón que Teófilo, no sabiendo dónde dormir aquella noche, solicitaba de él hospitalidad, a lo cual Angelón había accedido de buen grado. Subían por la calle del Caballero de Gracia, comentando festivamente los varios sucesos trágicos y bufos de la jornada.
—Neña, tú has sido la heroína. Ya puedes estar contenta —dijo Angelón, que llevaba a Verónica del brazo—. ¿Cómo te sientes?