—El padre de la señorita. Era marinero, al parecer, allá por el Norte, no sé en dónde. Ahora está ciego.

—Y, desde luego, como si lo viera: al padre le parecerá muy bien la vida que lleva su hija.

—Mía tú este; como al mío, si yo tuviera la suerte de ella. Vaya, entre en el gabinete, que yo tengo que vestir a la señorita.

IV

Conchita penetró en la estancia y, sumiéndose entre tinieblas, con gran desenvoltura y tino fue derechamente a abrir las contraventanas. A través de las cortinas de delgado lino blanco, lisas y casi conventuales, fluyó la luz, fría, pulcra. La habitación era amplia y rectangular, de una blancura mate, nítida, que en los ángulos menos luminosos degradábase en velaturas azulinas y marfileñas. Hubiérase creído vivienda amasada con sustancia de nubes a no ser por el estilo tallado, perpendicular, de los muebles, de laca blanca. Las puertas estaban aforradas con una cuadrícula de sutiles listones, encerrando espejillos biselados. La alfombra era espesa y muelle. Había pocos muebles, y estos ingrávidos, sin domesticidad. De las paredes colgaban tan solo tres cuadros, un aguafuerte y dos grabados en sepia, con mucho margen, y por marco un fino trazo de roble color ceniza.

Daban las únicas notas de color una butaquilla baja, de respaldar sinuoso y con orejeras a entrambos lados del respaldar, tapizada de pana gris perla, y dos lechos, uno matrimonial y el otro infantil, los dos de hierro dorado y diseño muy simple; a la cabecera, sendas cabecitas rojiáureas, y a los pies, edredones de seda oro viejo.

En aquel fondo inmaculado, el cuerpo menudo y ágil, vestido de negro, de Conchita, destacaba como un ratoncillo caído en un cuenco de leche.

Las dos cabezas, encendidas por el sueño y sumergidas en una masa de cabellos de miel, yacían profundamente, ajenas al advenimiento de Conchita y de la luz.

La doncella se acercó a la cama de la señorita y la zarandeó con suavidad.

—¿Qué hora es? —preguntó Rosina, con voz algo ronca.