—Las diez y media, sobre poco más o menos.

—¿Por qué me despiertas tan temprano?

—El señor Pajares está ya en el gabinete, esperándola a usté.

—Es verdad. Ya no me acordaba.

Sacó los desnudos brazos de entre las sábanas y los elevó al aire, desperezándose. Eran bien repartidos de carne, gordezuelos quizás, dúctiles, femeninos porque aparentaban carecer de coyuntura y músculos, cual si ondulasen, y tenían, así como el cuello y los hombros, una suave floración de vello entre rubio y nevado, a través del cual se metía la claridad de manera que trazaba en torno a los miembros un doble perfil, como si estuvieran vestidos de luz.

—Que no se despierte la niña —bisbiseó Rosina, incorporándose y haciendo emanar del interior del lecho una fragancia cálida, semihumana y semivegetal.

El tibio olor llegaba hasta Conchita, sugiriéndole ideas de voluptuosidad. Se dijo: «No me extraña que los hombres, cuando tropiezan con una gachí como esta, se entreguen hasta dar la pez.»

—¿Dónde está Celipe? —preguntó una clara voz infantil.

Rosina y Conchita volviéronse a mirar hacia la cama de Rosa Fernanda. La niña se había puesto de rodillas en el lecho y sentado sobre los talones, escondidos entre rebujos del luengo camisón de dormir.

—¡Tesoro! ¡Gloria! ¡Picarona! ¿Quién la quiere a ella? Ven aquí, que te coma un poco de esa carina de rosa, que la mamita tiene mucha hambre. Ven, ven.