Y Rosina tendía los brazos a su hija, a tiempo que murmuraba más y más ternezas y amorosos dislates.
Rosa Fernanda, que restregaba desesperadamente los ojos con los puños, repitió:
—¿Dónde está Celipe?
—¡Ah, malvada! Quieres más a Celipe que a tu mamita. Ahora voy a llorar.
Y comenzó a simular afligido llanto.
Rosa Fernanda arrugó el entrecejo e hizo un pucherito, en los barruntos de una llantina. Rompió entonces la madre a reír, y la niña, dando con los ojos patentes muestras de que no le había hecho gracia la burla, repitió indignada:
—¿Dónde está Celipe?
Oyose cauto rumor a la puerta, como de alguien que la arañase.
—¡Ahí tienes a Celipe, pícara, más que pícara! —refunfuñó Rosina, fingiéndose enojada.
Rosa Fernanda saltó del lecho a tierra, a punto que el llamado Celipe forzaba la entrada, y corrieron el uno al encuentro del otro. Pero Rosa Fernanda, cuyo camisón era dos palmos más largo que su diminuta persona, se enredó y dio en el suelo, al aire las rosadas piernecillas y los desnudos pies, de planta y talón ambarinos. Entonces Celipe, que era un perro faldero tan velludo que parecía una pelota de lana sin cardar, llegose a la niña, comenzó a botar en torno a ella, a gruñir, con acento ridículo y amistoso, y a toparla con su cabezota cubierta de tupidas cerdas cenicientas, informe y sin ninguna apariencia orgánica, como no fueran dos ojos brutales, duros, de azabache. Desternillábase a reír la niña; contagiose de la risa la madre, y, a la postre, también Conchita, de suerte que entre las tres, con su alegre concierto, enardecían a Celipe y le inducían a cometer mayores incoherencias.