—Señorita —atreviose a sugerir la doncella—, que el pobre señor de Pajares está esperando.
—Sí, tienes razón; dame acá el kimono.
Rosina vistiose el kimono que Conchita le presentaba; una a manera de holgada vestidura de seda carmesí, bordada de dragones verde malva, glicinias violeta y plateadas zancudas volantes. El kimono estaba guateado por dentro, y así Rosina gustaba de arrebujarse en él y sentir cómo le abrazaba el cuerpo aquella levedad mimosa y tibia.
Rosina tomó en el aire a Rosa Fernanda y la besó con apasionada efusión, sin cuidarse de las protestas y pataleos de la niña, ni de los ladridos del informe Celipe, el cual se había alongado como cosa de una cuarta, verticalmente, en el espacio, demostrando con esto y la incertidumbre del equilibrio que se había puesto en dos pies. La madre depositó de nuevo a la pequeña sobre la alfombra, y dejándola a su placer en la amiganza del jocoso Celipe, salió al cuarto de baño, seguida de la doncella.
En el cuarto de baño sentose a esperar que la pila se llenase. En tanto Conchita azacaneaba el agua con el termómetro, previniendo la temperatura adecuada, Rosina permanecía con los ojos perdidos en el vaho caliente que del baño subía. Como Conchita espiase de soslayo la distracción de su ama, por entretenerla le refirió el lance que había acaecido entre Teófilo y la señá Donisia.
—Pero, ¡qué bestia es esa mujer! —comentó Rosina nerviosamente—. Y él ¿no le dijo alguna frase oportuna?
—Arpía; fue lo único que yo le he oído.
—¡Pobre Pajares!
—Quite usté, señorita, si tié la sangre más gorda...
Rosina y su doncella mantenían entre sí un trato de familiar llaneza, si bien Conchita, por mucho que le aguijase la curiosidad, absteníase de preguntar: tarde o temprano, Rosina se lo contaba todo.