—Sin embargo, estoy cansado. Si usted no lo tomase a mal, yo me iría a dormir.
—Ya lo creo que lo tomo a mal.
—No sea usted impertinente —intervino Alberto—. Deje usted a la gente dormir cuando tiene sueño. Por otra parte ese desafío no será tan formidable como usted supone, porque yo he estado hablando con Alfonso del Mármol y sé que no se jugará arriba de tres mil duros, por la sencilla razón de que es todo lo que le queda en el bolsillo después de la paliza que ayer le han dado en el casino.
—¿Está usted seguro?
—Y tan seguro.
—De todas maneras a Pajares no le importa acostarse dos horas más tarde o más temprano. Los poetas modernistas son noctámbulos —abandonó el brazo de Verónica y aseguró el de Teófilo—. Bueno, adiós. Usted, ¿vuelve también, después de dejar a Verónica?
—No. Yo voy a dormir, que me he de levantar mañana temprano. ¿No recuerda usted que mañana es el día del mitin? Y no me parece que sea la mejor preparación espiritual un garito. Verdad que Cristo andaba siempre entre publicanos y prostitutas; pero...
—Mítines... ¡Qué gansada! Cuándo sentará usted la cabeza... —manifestó Angelón en tono afectuoso.
Las dos parejas se separaron.
Apenas Angelón y Teófilo habían traspuesto la mampara de bayeta verde del garito, cuando don Bernabé Barajas acudió hacia ellos, con abiertos brazos, acongojadas pupilas y temblequeante abdomen.