—¿No han visto ustedes a Fernandito?

Angelón no sabía quién fuese Fernandito, aunque lo presumía, y acudió al punto a responder.

—Ahora mismo nos hemos cruzado con él.

—¿En dónde?

—En la calle de Carretas. Iba con la Dientes.

—¿Con esa piculina desorejada?

—Con la misma. Hacia la Central.

—¡Desdichado! —gimió don Bernabé, y tomando el sombrero de la percha huyó desolado.

Las varias estancias y gabinetes del Liceo Artístico tenían aspecto sórdido y de gusto depravado. Las paredes estaban revestidas con papel descolorido, estampado de floripondios como coles; de trecho en trecho, un pegote de papel diferente, o un rectángulo donde el papel conservaba su color original por haberle defendido de la corrosión de la luz un cuadro que allí había estado colgado en otro tiempo. También había en los muros uno que otro espejo, saldo de un café o casino quebrado, con espigas y amapolas pintadas al óleo en una esquina, y el mercurio de la luna amortiguado y ensombrecido por unos a manera de vapores de incierta amarillez. Teófilo esquivaba mirarse en tales espejos, porque de primera intención, y habiéndose contemplado sin querer, había advertido que derretían la materialidad de los cuerpos en ellos retratados y les daban vagorosa turbiedad de fantasmas.

Recortándose duramente sobre aquel fondo precario, bullían las figuras; las femeninas, todas ellas damas cortesanas o entretenidas, vestidas, como criadas de casa grande en carnaval, con heterogénea y recargada mescolanza de atavíos señoriles ya usados y envueltas en una atmósfera de hedores que ofendía el olfato: que el olfato repugna la mucha fragancia, así como los ojos se duelen de la mucha luz. Estas damas, la mayor parte feas y gordas, que eran la espuma de la prostitución madrileña, satisfacían su añeja y exacerbada hambre de lujo hartándose de él en tanta medida que hacían pensar en las orgías deglutivas de los salvajes de Nueva Zelandia cuando dan por ventura, y después de largas privaciones, con una ballena putrefacta, que devoran en delirio, sin saciarse nunca, hasta reventar.