Las figuras masculinas eran heterogéneas; junto con el hombre correcto y de buena sangre, personaje episódico y de paso, víctima por lo regular de las malas artes de la tafurería, podían verse el señorito achulado, el chulo aseñoritado, el comiquillo epiceno y el chulo sin bastardear, con todos los caracteres específicos de la casta.

Había por dondequiera mesas octogonales para poker y en torno de ellas aquellas damas tan suntuariamente vestidas regateaban a gritos una peseta y aun menos, como cocineras que ajustan un pollo en el mercado.

Angelón guió a Teófilo hasta la sala de juego. Estaba la gente acomodándose en derredor del gran violón verde, en cuyo centro, junto al tazón de níquel para las cartas jugadas, había cuatro paquetes deshechos de barajas francesas. Entre los concurrentes estaban Alfonso del Mármol y don Jovino, el Obispo retirado. Iba a comenzar la partida. Un criado con galones subastaba la baraja.

—Talla para el baccara, señores —canturreó el mozo con sonsonete sacristanesco.

—Mil pesetas —dijo Mármol entre dientes.

—Dos mil —añadió don Jovino con los ojos clavados en el cielo raso, como si postulase la intervención divina.

—Dos mil —hizo eco el mozo—. Dos mil, una... Dos mil, dos...

—Tres mil —atajó Mármol. Tomó el largo cigarro con dos dedos y comenzó a darle vueltas entre los labios para alisar la capa; luego lo contempló, vio que estaba bien, se lo llevó a la boca, y las manos a la espalda. Parecía que estaba a solas en su casa, aburriéndose.

—Cuatro mil —se apresuró a decir el Obispo retirado, como si hubiera recibido una intuición celestial.

—Cuatro mil, señores. Cuatro mil, una... Cuatro mil, dos... Cuatro mil...