Mármol retiró una mano de debajo de la chaqueta, que en él era actitud habitual cuando estaba en pie o paseaba llevar las manos enlazadas sobre los riñones y debajo de la chaqueta. Alargó el brazo hacia el mozo con no menos solemnidad que Josué hacia el sol, le ordenó tácitamente que se detuviera, sacudió la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y dijo con aire de indiferencia:
—Cinco mil.
—Cinco mil, señores. Cinco mil, una... Cinco mil, dos... Cinco mil..., tres —el mozo dio con los nudillos sobre el violón y declaró al mismo tiempo—: Don Alfonso del Mármol talla.
—Banco —agregó al punto el Obispo retirado.
—Bueno; yo no entiendo una palabra de todos estos ritos —murmuró Teófilo al oído de Angelón.
—Pues es más fácil que hacer un soneto, aunque el soneto sea modernista. El que más alto puja, ese talla. Banco quiere decir que don Jovino juega todo lo que se talla, contra el banquero, al primer pase, mano a mano; de manera que a los otros no les toca sino mirar. ¿Que gana Mármol? Ya tiene diez mil pesetas en lugar de cinco mil. ¿Que las cartas favorecen al motilón? Pues Mármol se queda sin las cinco mil del ala, y a otra cosa, es decir, a otra baraja, a no ser que reponga la banca.
—¡Es curioso! —exclamó Teófilo, que era ya víctima de la capciosidad del juego.
—¿Curioso? No veo la curiosidad... —murmuró Angelón, con desdén hacia la inexperiencia del poeta.
Teófilo se había interesado al punto en aquel raro combate, y con el corazón se había puesto del lado de uno de los combatientes, del lado de Mármol, cuyo éxito consideraba como cosa propia; a don Jovino le aborrecía como a un adversario con el cual tuviera antiguos y enconados motivos de resentimiento. Aplicábase a seguir las peripecias del juego, conteniendo la respiración y con pulso agitado. Don Jovino ganó el banco. Alfonso del Mármol colocó otras cinco mil pesetas sobre la mesa y continuó tallando. La baraja se deslizó con alternativas y altibajos, al fin de los cuales, Teófilo, que no perdía de vista las manos de Mármol, estaba seguro que su aliado mental había ganado unas seis mil pesetas. «Ahora tiene dieciséis mil pesetas», pensó. Durante esta baraja Fernando había llegado a la mesa de juego y jugado algunos duros, con gran circunspección y ensimismamiento. La partida estaba muy animada. Corría en abundancia el dinero. Pero las posturas más considerables eran siempre las del Fraile motilón, de suerte que se mantenía en todo momento un antagonismo personal entre él y el banquero.
—¿Y será cierto lo que ha dicho Alberto? —inquirió Teófilo, muy hostigado de la curiosidad.