—¿Qué es lo que ha dicho Alberto?
—Que Mármol no tiene más que quince mil pesetas en el bolsillo.
—Cuando él lo ha dicho. Son muy amigos, y Mármol no le iba a decir una mentira.
—¿Está casado?
—Y con ocho hijos.
—Tan joven... Y se juega así el dinero... Debe de ser muy rico.
—No sé. Él siempre se juega el dinero por lo grande.
Subastaron la segunda baraja, que Mármol volvió a rematar en cinco mil pesetas, y don Jovino a hacerle banco, que esta vez ganó Mármol. Al final de esta baraja, según los cálculos de Teófilo, que eran muy concienzudos, Mármol había llegado a las veintidós mil pesetas. En la baraja siguiente, que también remató Mármol, la suma total adquirió un valor de treinta y dos o treinta y cinco mil, que en estas alturas el cómputo exacto era muy difícil; pero Teófilo sabía que no era menos de lo uno ni más de lo otro.
En la subasta de la baraja inmediata las hostilidades se avivaron por parte del Obispo. Subían uno y otro y nunca se daban por satisfechos. Al llegar a las treinta y tres mil, Mármol se abstuvo de pujar y quedó la baraja por cuenta de don Jovino. «Es que no hay más de treinta y dos mil. Mi cálculo era correcto», pensó Teófilo. Se sentía tan en la pelleja de Mármol, que sus pensamientos se enunciaban espontáneamente en la primera persona del plural; así: «diez millones que tuviéramos, diez millones que hubiéramos tallado, si ese cerdo cebado se obstinara en seguirnos a los alcances. Pero no podemos pasar de las treinta y dos mil.» El corazón de Teófilo comenzó a apretarse al pasar Mármol desde el sitial del banquero al democrático escaño de punto; la buena suerte de Mármol se anubló de tal manera, que en muy pocos pases perdió treinta mil pesetas; lo que no perdió fue el gesto cansado y tedioso de hombre que está a solas aburriéndose.
—¡Nos ha reventado ese puerco! —eyaculó Teófilo, malhumorado, sin poder contenerse.