—Yo la continúo —tartajeó Mármol, con el cigarro entre los dientes, y con el mismo tono con que le hubiera pedido una cerilla al mozo. Se levantó, parsimonioso, y fue a sentarse en el sitial del banquero. Dio dos chupadas sonoras al cigarro; estaba apagado. Extrajo del bolsillo una cerillera de oro y se las arregló de suerte que hubo de encender seis o siete antes de que ardiese una, y entonces chupó con ahinco hasta esfumarse detrás de una nube de humo. Cuando reapareció se le vio que estaba sacándose los puños con aire sosegado y poniendo los brazos en arco, como si ensayase un paso de garrotín. El resto de los jugadores, comidos de impaciencia y de angustia, le asaetaban con los ojos. Le hubieran dado de golpes, pero no se atrevían a hablar por no descubrir su desazón.

Don Jovino estaba visiblemente nervioso y pálido de cólera. Con la mano, pequeñuela y canónica, arañaba la mesa.

—¡Qué hombre admirable! —bisbiseó Teófilo en elogio de Mármol.

En efecto, Mármol era un genio en las artes aleatorias. Sabía que la fascinación del juego está en que bajo su acción se desvanece el sentido del tiempo, y de aquí nacen sus consecuencias, así placenteras como funestas, porque sin el sentido del tiempo no cabe noción del trabajo, y sin esta no existe el concepto del valor, por donde en torno de una mesa de juego se congrega una humanidad que momentáneamente se exime de la maldición paradisiaca, y goza, por lo tanto, de aquellos dos edénicos atributos que, siendo humanos, eran casi divinos: no tener miedo a la muerte ni conocer qué cosa sea trabajo. La mayor parte de los jugadores pierden, con la conciencia del tiempo, la fruición del juego, y aquí venía Mármol a despertarles de su letargo e inculcarles, quieras que no quieras, la sensación del tiempo, y por corolario una emoción contradictoria e intensísima.

En tanto duraban las maniobras de Mármol, Teófilo había estado informándose, por medio de Angelón, de ciertos pormenores atañederos al juego.

—Es decir, que si ahora le sale el pase en contra se tiene que pegar un tiro...

—Eso no, porque se apresurarían a pegárselo antes de que él se molestase: en buena parte estamos. Lo que ocurre es que no puede ser verdad eso que nos ha contado Alberto. No puede ser; se necesitaría estar loco.

—¿Que no puede ser? Puede ser y es —afirmó Teófilo, con entonación infalible.

—Pues yo no lo creo.

En aquel punto Mármol recorrió con los ojos la superficie del violón. El dinero apostado andaba por las cuatro mil pesetas. Teófilo lo contó mentalmente, tranquilizándose. «Creí que era más. Puede que le quede otro tanto a él», se dijo abandonando el plural, porque el trance era harto difícil para asumir su responsabilidad. Al llegar con la mirada al dinero de don Jovino, los ojos de Mármol se reposaron, dijérase que a lo burlón. Don Jovino, con ademán vehemente, puso dos mil pesetas más sobre las dos mil que ya tenía apostadas.