—Banca abierta —musitó Mármol.
—¿Qué? —clamó don Jovino.
Mármol se abstuvo de contestar, como si nada hubiera ocurrido, en lo cual demostró gran tino, porque antes de poder decir nada ya se le habían adelantado dos o tres jugadores, los cuales, volviéndose hacia don Jovino, hablaron al tiempo mismo: «Que banca abierta.» Don Jovino colocó cuatro mil pesetas más. Mármol comenzó a repartir las cartas lentamente. Teófilo volvió las espaldas a la mesa.
—No quiero verlo —rezongó, con los pulmones en suspenso.
Había un maravilloso silencio, que se prolongaba, se prolongaba... Teófilo oyó la cauta, elegante voz de Mármol diciendo nueve. Giró sobre los talones, inflamado de júbilo. Nueve era la mejor carta.
—¡Qué suerte! —exclamó Angelón, ligeramente contrariado.
Un croupier apilaba con la raqueta el dinero diseminado por los paños; otro lo recogía con el sable. Mármol, en medio de los dos, no se dignaba dar la menor muestra de interés hacia la recolección. Toda la baraja resultó a favor de Mármol, y como don Jovino había perdido su sangre fría, las pérdidas de este y ganancias de aquel fueron tales que los talentos aritméticos de Teófilo se hicieron un embrollo y no atinaron a calcularlas.
A partir de este momento la lucha perdió todo interés. El Fraile motilón era derrotado de continuo, ya de banquero, ya de punto, y, a la sombra de Mármol, el resto de los jugadores se ensañaba en él, extrayéndole el dinero a chorros. A medida que perdía, don Jovino recobraba la serenidad.
Ya avanzada la noche sobrevino en la sala de juego don Bernabé Barajas, el cual, así que vio a Fernando, corrió a su vera, jadeante y con aliento entrecortado.
—¿Dónde te has metido? ¡Ay! ¡Qué susto me has dado!