Los presentes rieron de manera inequívoca y contemplaban, así a don Bernabé como a Fernando, con ánimo respectivamente burlón y despectivo. En un abrir y cerrar de ojos Fernando se había puesto en pie, lívido sobremanera, y girando sobre la cintura aplicó una enorme y restallante bofetada sobre el turgente rostro de su dulce amigo. Algunos se precipitaron a sujetarlo.
—No es necesario —dijo el mozo muy sereno, apartándose de la mesa.
—Pero Fernandito, hijo, ¿qué te he hecho yo? —se lamentó el buen señor, algo sorprendido.
—Es que todo el mundo se figura..., y yo ya estoy harto.
—Pero, ¿qué es lo que se figura, criatura?
—Diga usted aquí, delante de toda esta gente, si ha conseguido usted algo de mí.
—¡Ay, qué cosas tienes! Yo, ¿qué iba a conseguir?
—Diga usted la verdad.
—Yo soy un caballero.
Prodújose una gran carcajada que enardeció más al ya enardecido mozo.