—¡Diga usted la verdad, se lo suplico!
En esto llegó el presidente del círculo, un matón con ribetes de escritor o viceversa, y acercándose a Fernando, sentenció con engolada austeridad:
—En este círculo no se toleran escándalos y menos de tal índole. Haga usted el favor de marcharse.
—No sin que antes quede en claro que yo soy tan decente como el que más.
—Haga usted el favor de marcharse —e iba a asirle de un brazo.
—Cuidado con tocarme ni al pelo de la ropa. Yo hice mal en abofetear a don Bernabé, lo confieso; pero si lo hice fue porque me pareció ver que todos estos señores se figuran algo que no es verdad y perdí la cabeza. Yo no me voy sin que don Bernabé conteste a lo que le he preguntado.
—Don Bernabé puede contestar o dejar de hacerlo, según le salga de la voluntad. Pero usted no puede continuar aquí.
Mármol, que hasta aquel momento había permanecido como ausente de todo, se puso en pie, se acercó al presidente, acariciándose la barbilla color de trigo, y muy fríamente declaró:
—Tiene razón el muchacho y no sé por qué regla de tres ha de marcharse si no le da la gana. Por lo demás —añadió, mirando a Fernando—, si en un principio alguien se ha figurado algo, creo que luego han cambiado todos de parecer. Las apariencias suelen engañar —concluyó, contemplando con ojos entornadizos y de lástima al presidente.
—Claro que las apariencias suelen engañar —corroboró don Bernabé—. Yo soy un caballero.