Nuevas risas.
—Muchas gracias —dijo Fernando, sacudiendo virilmente la mano de Alfonso del Mármol—. Y buenas noches la compañía.
Y el mozo salió de la sala con firme compás de pies.
—Vámonos nosotros también —rogó Teófilo a Angelón, poco después que el desconocido e iracundo joven se hubo marchado—. Estoy rendido.
—Vámonos si usted lo desea.
Según andaban camino de casa, Teófilo sentía en el alma un malestar oscuro y de fondo, y en la conciencia impresiones confusas y pronósticos de ideas. Amenazábanle las silenciosas moles de la ciudad durmiente, como si fueran a derrumbarse sobre él de un momento a otro, disgregadas por un agente de diabólica actividad corrosiva.
Las rameras de encrucijada intentaban socaliñarlos, brindándoles con torpes requiebros placeres complejos y módicos.
Teófilo sentía dos obsesiones que para él eran normas madres de la vida: la del dinero y la del amor. Según su peculiar manera de concebir la sociedad, esta se asentaba en dos pilares: el sentido conservador, del cual nace el principio de propiedad, y el instinto de reproducción, de perpetuación, turbio subsuelo en donde arraiga el amor, libre o constituído en familia. Ahora, Teófilo se preguntaba: «Estos dos principios de la sociedad, ¿son constructivos o son destructores?» Movíale a formular este interrogante el haber visto al desnudo el instinto de propiedad y el amoroso: el primero, en el juego; el segundo, en la prostitución.
—¿En qué pensaba usted? —habló Angelón.
—En nada —respondió en seco Teófilo.