—He tenido mala pata. Siete duros que era todo lo que me podía jugar me los liquidaron en un periquete. Si aguardo a las barajas últimas del Obispo me pongo las botas. Ya ve usted aquel mozalbete, el de las bofetadas a don Bernabé, en dos barajas se cargó unos miles de pesetas, que yo viera. La Fortuna, mujer al fin, sonríe a los sinvergüenzas y vuelve la espalda a los hombres honrados.
IX
Teófilo pasó la noche en claro. Meditaba las últimas palabras de Rosina: «Si no tienes dinero, róbalo», y las muestras de amor que esta le había hecho. El recuerdo era tan agudo y gustoso que la respiración se le entorpecía, combatida por apasionadas olas de entusiasmo, y sollozaba, estrujando las ropas del lecho con dedos engarabitados. ¡Pobre Rosina! ¿No fuera mejor que Rosina no le hubiera amado nunca? ¿Cómo iba él a pagarle aquel su acendrado y rendido amor? Robar dinero... ¿En dónde? Ya lo había robado, si no para ella, por ella. Se preguntaba en serio: «¿Por qué no acudirá el diablo en estos tiempos cuando se le llama, como lo hacía en la Edad Media, para venderle el alma?»
A las siete de la mañana cayó dormido. Alberto entró al medio día en su alcoba, pero le dejó dormir. Despertó a las tres de la tarde. En la casa había alguna comida, que Verónica condimentó para Teófilo. Así que concluyó de comer salió a la calle. «¡Qué hombre!», había dicho Verónica. «Parece que vive entre nubes. Tal como yo me lo había imaginado al leer sus versos. Ni una palabra se dignó decirnos.» Y Alberto había respondido: «Es que está enamorado.» Lo cual entristeció a Verónica.
Teófilo se dirigió a casa de Rosina, como tenía por costumbre. Le salió a abrir la cocinera y le hizo pasar a la salita del piano, en donde estaban don Sabas y el marinero ciego. El marinero profería palabras turbias, entre las cuales se derretía un a manera de llanto recio, ronco; pero los ojos los tenía enjutos e inmóviles. Teófilo fue a dar la mano al marinero, sospechando de pronto que Rosina estaba enferma de algún cuidado.
—¿Qué ocurre? —preguntó anheloso.
—¡Ay, señor poeta! —sollozó el ciego, con esa voz varonil quebrada que enternece aun a los corazones más enteros.
—¿Está enferma de gravedad?
El ciego se desató en un llanto de palabras sin sentido, siempre con los ojos enjutos. Habló don Sabas.
—Por fortuna, no. Se ha marchado... con la niña... no sabemos adónde —separaba las palabras para pronunciarlas con firmeza, porque pretendía aparecer sereno y no lo estaba. Miró a Teófilo, por ver el efecto que en él hacía la noticia. Teófilo palideció un poco; por lo demás, no se le descubrió señal alguna de congoja, sorpresa o desesperación.