—Entendámonos —agregó Teófilo—. ¿No puede ocurrir que haya salido con la niña y les haya ocurrido algún accidente?
—No; porque en esta carta que me ha dejado escrita declara que huye con el hombre a quien ama, y nos pide perdón a su padre y a mí.
En este punto, Teófilo no pudo reprimir una sonrisa. Estaba seguro de que Rosina había huído para irse a vivir con él; quizás a aquellas horas andaba buscándole. Acaso habría ido a la casa de huéspedes, porque ella no sabía que la patrona le hubiera despedido. ¡Oh, dulce y apasionada Rosina!
—Creía yo —prosiguió el ministro—, antes de concluir de leer la carta, que se había marchado con usted. Pero en la carta, hacia el final, dice que ha vuelto a dar, milagrosamente, con el padre de Rosa Fernanda y que es una cosa fatal. De todas suertes, no veo la necesidad de huir, ni comprendo cómo Rosina, tan bondadosa y de buen sentido, ha dado tan gran disgusto a este pobre viejo, dejándolo en la calle, como quien dice.
El dolor de don Sabas era a pesar suyo tan sincero que en un punto destruía el artificio de sus adobos y cosméticos, dejando al descubierto una ancianidad herida, dolorosa y claudicante.
El marinero continuaba llorando a su modo. Teófilo sentía los sesos azotados por un ramalazo de locura.
—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Yo digo que no puede ser! Si sabré yo que no puede ser... ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! —gritaba Teófilo recorriendo de punta a cabo la estancia.
—Serénese usted, señor Pajares.
—¡Absurdo, absurdo! Si lo sabré yo... A ver, que lo diga Conchita. ¡Conchita! ¿Dónde está Conchita?
—Conchita... ¿Pero no sabe usted? —Teófilo se detuvo frente a don Sabas, sin escuchar—. ¿No ha leído usted los periódicos de esta mañana? Conchita ha asesinado ayer noche a su seductor y luego se ha suicidado. Vivió una hora, lo necesario para declarar ante el juez —aquí la voz de don Sabas temblaba—. Una desgracia nunca viene sola —don Sabas evitaba mirar al ciego, que había sacado un pequeño crucifijo del seno y lo besaba con desvarío.